Por Manuel Machuca
La crisis ha sido como el antiguo juego de la escoba. Aquel en el que muchas parejas bailaban al son de la música, y una de ellas iba pasando la escoba a otra, que a su vez se apresuraba a pasársela a otra más, y así sucesivamente hasta que la melodía paraba y la pareja que tenía la escoba en ese momento quedaba eliminada. En el caso de España, el caso ha sido clarísimo con la construcción. Se creaban empresas para construir edificios, una empresa por cada promoción aunque el empresario fuese el mismo, sin que el promotor tuviese dinero, que pedía al banco. El banco prestaba y a la vez se iban vendiendo los apartamentos sobre plano, sin haber puesto un ladrillo, a personas que no tenían dinero para pagarlos, haciendo hipotecas interminables, que incluso después se podían trasladar a los hijos en terrorífica herencia, en las que lo único importante era si la cuota mensual se podía pagar. Aumentaron los precios, y pagar las hipotecas, que antiguamente no suponían más un tercio de los ingresos de una familia, pasaron a ser mucho más. No importaba, porque el apartamento se podía vender unos meses después por un precio un veinte por ciento superior, y así comenzaba el baile de la escoba, que el escándalo de Lehman Brothers, las hipotecas subprime y el consiguiente fin del crédito bancario, acabó transformándose en una ruleta rusa, para una economía cuyo crecimiento se ha basado tradicionalmente en monocultivos. Ahora fue el de la construcción, como otras veces había sido el turismo o las subvenciones europeas.
Mal haría si echase la culpa a un enemigo invisible de la crisis, porque esta tiene muchos nombres y apellidos, entre ellos los míos, los de mi familia, mis amigos, y los que ni son de mi familia ni de mis amigos. Los culpables somos todos, o muchos, que de una u otra forma hemos participado en este peligroso baile al filo de la navaja. Me explico.
Los dueños de las compañías ya no son empresarios visionarios y emprendedores, que arriesgaron sus ahorros con una idea de negocio, y que triunfaron a base de sudor, tenacidad y horas de trabajo. Hoy quienes mandan en las grandes empresas son los fondos de inversión. Por tanto, quienes tenemos un plan de pensiones privado, o uno de jubilación, o hemos puesto nuestros ahorros en esos programas de inversión que nos ofrecían los bancos, que competían ofreciendo una rentabilidad de tal o cual porcentaje, muy superior al de la competencia por supuesto, o mucho más seguros porque nos ofrecían una estabilidad de ingresos mayor a largo plazo, quienes hemos estado haciendo algo de esto, somos los nombres y apellidos que también formamos parte de la lista de responsables de la crisis.
Hoy el único espíritu que manda en las grandes empresas es satisfacer la rentabilidad económica de los dueños, que ahora no tienen cara ni ojos, y que son dirigidos por unos gestores que son los nuevos agentes 007, con licencia para devorar y depredar todo lo que se ponga por delante, para que a final de año nos llegue a casa una carta del banco, comunicándonos la magnífica rentabilidad de nuestra inversión.
Hoy ya no existe ni escoba ni música, los tiburones de tanto comer han crecido, y se han transformado en una nueva especie, aún más sedienta de sangre, llamada “agencias de calificación”, cuya independencia, adecuadamente manejada con el mismo estilo aprendido, hace que el esfuerzo de los estados por recuperar la economía caigan en sus fauces sin piedad, por la simple forma de aumentar la prima de riesgo. Tensando la cuerda que va apretando el cuello, casualmente de los países europeos que todavía tenían gobiernos progresistas, como Grecia, Irlanda, Portugal o España, y que ahora también acosan a personajes de revista barata como Silvio Berlusconi. El ataque a la economía estadounidense que dirige Obama, también confirma esta línea sospechosa de quiénes pueden estar detrás de todo esto.
Pero de forma paralela a la acción de este inmenso Goliat que amenaza la estabilidad de Europa y Estados Unidos, un pequeño Davidestá fabricando su honda de nuevo. El pasado 15 de mayo, una semana antes de las elecciones municipales y autonómicas, comenzó en España el movimiento de la Spanish revolution, liderado por multitud de jóvenes que se niegan a aceptar el negro futuro que los mercados les tienen preparado, y de no tan jóvenes que han dicho basta.
Hay una frase hecha autocomplaciente que dice que una crisis es una oportunidad. Yo soy más partidario de pensar que una crisis debe significar volver la mirada a lo esencial, descabalgarse del caballo de la inercia en el que íbamos subidos, y tener la posibilidad de hacer cambios drásticos para poder virar de dirección.
La crisis en España ha destapado las carencias de una democracia poco plural y participativa, enferma de un bipartidismo que es casi una bidictadura, y que conforme pasa el tiempo, va demostrando que ni siquiera es bi, porque los dos partidos ocupan espacios políticos muy conservadores. Uno, el Partido Popular, porque es su esencia; y el otro el Partido Socialista Obrero Español, porque con la democracia ha desarrollado una aversión alérgica y temerosa a ser oposición y es incapaz de ocupar otros espacios en los que no estén los votos.
El Movimiento 15-M ha proliferado por toda España, pero su principal bastión está en la Puerta del Sol de Madrid, el kilómetro cero de las carreteras españolas, y en menor medida en la Plaza Cataluña de Barcelona. Ha ido generando, de un modo asambleario y con la aportación de todo el que haya querido interesarse, un sinfín de propuestas para cambiar la democracia en España ― democracia real ya es una de sus consignas ―, que van desde la abolición del sistema proporcional por el que se eligen los Diputados, que condena al bipartidismo, a proponer cambios en el modelo educativo, apostar por el sistema público de salud, exigir tasas a las transacciones bancarias, promover la solidaridad, la redistribución del trabajo y el fin a la especulación. Asimismo, se abren propuestas de economía sostenible o de respeto al medio ambiente.
El Movimiento se ha trasladado a los barrios, y se han generado movimientos como el de decrecimiento ― basado en que no puede ser el crecimiento desmedido el objetivo de la economía ―, y nuevas formas de relación económica, como economías de trueque, los bancos de tiempo o las cooperativas de crédito ajenas al sistema bancario. Como dicen, están creando las bases de un nuevo sistema, para cuando se produzca la irremediable caída del capitalismo agonizante.
Han huido de toda contaminación política, no declarándose de derechas ni de izquierdas, aunque este movimiento ha suscitado obviamente más simpatías en las esferas progresistas del país. A pesar de todo, han sido brutalmente atacados por las policías en Madrid y en Cataluña, bajo la responsabilidad de gobiernos conservadores (Partido Popular en Madrid), presuntamente progresistas (Partido Socialista en el Gobierno estatal), o nacionalistas (Convergencia i Unió en Cataluña).
Han sido ignorados por la prensa tradicional, la que vive de la publicidad de las grandes empresas y del estado, pero no ha importado para difundir sus mensajes, ya que se han organizado a través de las redes sociales. No necesitan salir en los periódicos, porque todos están conectados a través de facebook, twitter o incluso redes propias. Incluso se organizan para realizar ataques “anonymus” cibernéticos, a muchas de las grandes empresas responsables de la crisis. De esta forma, no solo los políticos, sino también los medios de comunicación adscritos a este régimen de falsa democracia, se están dando cuenta de que también ellos están en offside en este nuevo tiempo.
También en estos meses está irrumpiendo con fuerza una nueva formación política, Equo que, liderada por el antiguo director de Greenpeace España Juan López de Uralde, ha aglutinado a una treintena de partidos ecologistas, y que está ocupando el espacio político que ha dejado la antigua y obsoleta izquierda, apostando por muchos de los presupuestos que abandera el Movimiento 15- M. Sin que uno y otro movimiento tenga una vinculación más allá de la simpatía que a título personal puedan tener sus integrantes, si Equo fuese capaz de aglutinar los votos de quienes integran este movimiento de indignación, el panorama electoral español podría dar un vuelco que podría desembocar en una segunda transición democrática, hacia una democracia más real y participativa.
La crisis está haciendo emerger una nueva forma de hacer las cosas, preparándose para que David vuelva a darle la revancha al gigante Goliat, o simplemente para esperar a que este fallezca irremediablemente, enredado y asfixiado en sus propias miserias. El camino no va a ser fácil, y probablemente sea largo y doloroso, porque el cambio que se avecina será radical. Creo firmemente que asistimos a un cambio de época, como el de la Revolución Francesa. Europa, que salió de la Edad Media con la llegada a América, está en trance de abrir otra nueva era. Un pequeño y viejo continente, responsable y testigo de muchas de las atrocidades que en el mundo ha sido; pero también con una capacidad de autocrítica y de cambio como pocos. Pero no tengan ninguna duda: David volverá a vencer a Goliat. Para bien de todos.
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