La agricultura es uno de los sectores que más afectados se ven por el cambio climático y, a la vez, que más contribuye a él. Posiblemente, la agricultura sea el sector más sensible a la situación de cambio climático.
Y se ve afectado en los dos sentidos: por una parte, la agricultura es responsable del 30% de emisiones de los gases que provocan el cambio climático (incluyendo el transporte de los alimentos a las distancias a las que se llevan actualmente) y por otra parte, la agricultura sufre directamente las consecuencias del cambio climático (aumento de temperaturas y disminución de las lluvias, por simplificar).
Siendo la agricultura el sector sobre el que recae la alimentación de todas las personas que habitamos el planeta, tendrá que seguir proporcionando alimentos en un contexto de cambio climático. Por tanto, es necesario tomar buenas decisiones en el ámbito de la agricultura porque de ellas depende el futuro de la alimentación.
Tomar decisiones políticas sobre el futuro de la agricultura en un contexto de cambio climático implica hacerlo en dos sentidos:
- Para disminuir la contribución de la agricultura a la emisión de los gases responsables del calentamiento global. En este caso, es imprescindible apostar por un sistema agroalimentario que gaste menos petróleo, desde la producción al consumo.
- Para seguir produciendo alimentos en un contexto de cambio climático, es decir, adaptándose a la situación. En ese escenario, la agricultura debe desarrollarse en situaciones de: mayores temperaturas, menores lluvias y mayor erosión de los suelos.
Las previsiones más optimistas sitúan la disminución de precipitaciones en la zona mediterránea en un 10% como mínimo, aunque es previsible un 20% menos de lluvias. En el clima mediterráneo (y en España, en particular y en Andalucía, especialmente) la disponibilidad de agua es el factor más limitante a la producción vegetal. Es decir: lo que producen nuestros agricultores depende en gran medida del agua que reciben sus fincas. Si recibiesen más agua, producirían más. Y eso es especialmente importante en nuestra agricultura de secano (la que recibe el agua solamente de las lluvias), que en Andalucía supone el 75% de la superficie.
Por tanto, que disminuyan las precipitaciones implica que disminuyan las producciones. Por ello, ante el cambio climático, se puede afirmar (sin miedo a exagerar) que las producciones disminuirán un 10-20%, solo por esta causa. Parece que eso no es mucho, pero si lo traducimos a kilos de trigo o kilos de aceitunas, quizás nos parezcan números importantes. Estaríamos hablando, solamente en Andalucía, de producir 70.000 kilos menos de trigo (lo que sirve para hacer unos 60.000 kilos de harina que sirven para hacer unos 100.000 kilos de pan) y 200.000 litros menos de aceite de oliva. Quizás estas cifras ya no nos parezcan tan pequeñas…..
Pero no se trata solo de tomar conciencia del efecto que la disminución de las lluvias tendrá sobre las producciones. Otras consecuencias ineludibles del cambio climático en la agricultura son: aumento de las plagas por el aumento de las temperaturas, presencia de suelos menos productivos por mayor erosión, disminución de la biodiversidad por falta de adaptación a las nuevas situaciones, mayor cantidad de fenómenos climatológicos extremos (inundaciones, riadas, largos periodos de sequía,…).
Al fin y al cabo, todas las consecuencias del cambio climático influyen negativamente en la producción agraria. Y, volviendo al principio, tengamos presente que la agricultura es la responsable de la alimentación de la especie humana.
Pero: ¿qué hacemos?, ¿es el momento de la desesperación?, ¿tiramos la toalla?
¡Qué va! ¡Todo lo contrario! Es el momento de la ilusión, de la oportunidad para el cambio, de la transición y de la toma de conciencia.
Y en el modelo agroalimentario solo hay una propuesta que permite contribuir menos al cambio climático y adaptarse mejor a la situación: la agricultura ecológica enmarcada en una perspectiva global agroecológica. ¿Por qué? En resumen, por ser el sistema que: facilita la mayor captación de agua en el suelo por las técnicas que utiliza, utiliza menor cantidad de productos para el control de hierbas, plagas y enfermedades y, por tanto, menos petróleo gasta en ellos y acumula mayor cantidad de carbono en el suelo. En definitiva, porque es el sistema que menos energía gasta, menos gases emite y más carbono capta. Si además incorporamos a este sistema unos principios de consumo local y de temporada, el papel positivo de establecer un sistema agroalimentario ecológico se multiplica.
En EQUO lo tenemos claro: no apostamos por un sistema agroalimentario ecológico porque si, sino porque es lo mejor para ti y para todas las personas que habitamos el planeta.