¿ES EL CAMBIO CLIMÁTICO UN PROBLEMA ESCOLAR?

Cabe preguntarse, en primer lugar, si el cambio climático es concebido hoy en día como un problema global. Parece que sí; cada vez existen menos dudas de que la gran crisis que está por llegar no es exclusivamente financiera, sino ecológica. No obstante, en esta sociedad occidental, de cultura uniformizada y peligrosamente mediatizada, los problemas asociados al cambio climático no reciben el trato que les corresponde: las causas no se hacen explícitas y las consecuencias no se justifican ni se asocian a las primeras.

Un ejemplo de ello es el grave problema migratorio que padece Siria. La huída de millones de personas hacia una Europa insensible e irresponsable tiene su origen en la crisis alimentaria de la zona propiciada por el cambio climático. Rosa Mª Martínez y Florent Marcellesi lo explican en su artículo “Reconocer y proteger a los refugiados climáticos”, cuyo contenido es desoído e invisibilizado por el agente de socialización (y educativo) más potente en la actualidad: los medios de comunicación de masas.

El drama sirio es sólo uno más de los problemas globales derivados del aumento de la temperatura del planeta; problemas globales que son padecidos a nivel local, social y muy personal. Por tanto, no es posible continuar disociando medio ambiente y pobreza; no es posible insistir en un divorcio entre el empobrecimiento de la Tierra y el de sus gentes; no es responsable, ni ético ni inteligente desunir la imagen del pequeño sirio muerto en una playa turca de nuestro modelo económico depredador, inhumano e insostenible.

El cambio climático es nuestro problema, nuestro entuerto a desfacer, pero, aún siendo conscientes de ello, ¿qué hacemos para afrontarlo? La ecología política, el ecofeminismo y la cada vez mayor conciencia social respecto al problema suman voluntades para la transformación. Pero este modelo económico destructivo ha sabido hacerse fuerte a través de nuestros valores y cultura; “soy lo que tengo” es la herramienta educativa del capital. La lucha contra el cambio climático ha de remontar enormes barreras que ya, desgraciadamente, son de carácter cognitivo y emocional.

Y es aquí donde recuperamos la cuestión que nos ocupa: ¿es el cambio climático un problema escolar? Si repasamos la normativa educativa andaluza, los documentos curriculares de carácter prescriptivo, nos alegramos y esperanzamos al encontrar, por ejemplo, este objetivo general de la Educación Primaria:

“Participar de forma solidaria, activa y responsable, en el desarrollo y mejora de su entorno social y natural.” (Decreto 97/2015, de 3 de marzo, por el que se establece la ordenación y el currículo de la Educación Primaria en la Comunidad Autónoma de Andalucía.)

O este otro principio educativo de la Educación Secundaria:

“La toma de conciencia sobre temas y problemas que afectan a todas las personas en un mundo globalizado, entre los que se considerarán la salud, la pobreza en el mundo, el agotamiento de los recursos naturales, la superpoblación, la contaminación, el calentamiento de la Tierra, la violencia, el racismo, la emigración y la desigualdad entre las personas, pueblos y naciones.“ (ORDEN de 10 de agosto de 2007, por la que se desarrolla el currículo correspondiente a la Educación Secundaria Obligatoria en Andalucía.)

cambio-climatico-cole-3Podemos pensar: “puf, qué alivio”, en la escuela se están ocupando de este asunto. ¿Es efectivamente así? Vayamos a la realidad de un centro escolar cualquiera, a las dinámicas y rutinas escolares reales, al clima social de las comunidades educativas y a las metodologías que se aplican para la consecución de objetivos y contenidos:

La realidad es que el profesorado andaluz ha recibido escasa o nula formación específica en cuestiones tan relevantes y complejas como ésta. La educación ambiental o para la sostenibilidad se ofrece, tanto en las universidades como en los planes de formación continua, como una temática opcional, voluntaria y, por ende, exenta de valor curricular. El programa de Educación Ambiental ALDEA, que integra planes educativos como Kyoto Educa, Ecoescuelas o Recapacicla, entre otros, es una oferta formativa “extra”, que se opone al carácter prescriptivo de estas temáticas. El profesorado previamente concienciado tiene la oportunidad de implementar proyectos educativos en su centro escolar, pero, a menudo, sin la complicidad del resto de la comunidad educativa. Son los llamados “profesores Quijote”, que luchan a diario contra el gigante de la tradición escolar y el inmovilismo.

La realidad es que los contenidos curriculares continúan perteneciendo al irreductible reino de los libros de texto; en pleno siglo XXI, siguen siendo súbditos fieles de los objetivos propios del mercado editorial. Si repasamos un libro de naturales o sociales, comprobamos cómo el cambio climático, como concepto y hecho global, aparece de forma muy testimonial, inconexa con otros contenidos y habitualmente descontextualizada del entorno social y ecológico de niños y niñas.

La realidad es que, pese a la expresa orientación de los decretos y órdenes curriculares andaluzas hacia metodologías participativas, integradoras y activas, los contenidos se parcelan en asignaturas, rígidas, con tiempos escolares que encapsulan el conocimiento, y muy frecuentemente con diferentes profesionales que cuentan con escaso tiempo para coordinar propuestas educativas significativas.

La realidad es que se continúa valorando la acumulación de conocimientos de carácter conceptual por encima de los procesos y actitudes necesarios para “desfacer entuertos”. La escuela actual puntúa, examina, califica el grado en que se memoriza la clasificación de los animales invertebrados, las diferentes fuentes de energía, el origen de los materiales, etc., todo ello prestando escasa atención a la interrelación de tales conceptos y a su trascendencia procedimental y actitudinal.

La realidad es que el profesorado se ve sobrepasado por un exceso de trabajo burocrático y estéril, fundamentado erróneamente en favor de una calidad educativa que no prospera, en parte por que no pone en el centro a las personas (profesorado, alumnado y familias), sino a su capacidad de rendimiento para servir al modelo neoliberal que sufrimos. Este modelo injusto necesita futuros trabajadores abnegados, personitas obedientes y competitivas, con escasa capacidad de crítica y menos de activismo social.

La realidad es que el sistema educativo actual, tal y como está organizado, es per se incapaz de afrontar el reto de que la escuela sea verdaderamente transformadora. No contamos con un pacto de estado por la educación, desarrollado de forma serena, consciente y reflexiva. Y no es por falta de profesionales de calidad que puedan diseñar y ejecutar otro modelo educativo de carácter transformador; el problema es la falta de voluntad política, que obedece a diferentes intereses según el gobierno de turno.

Pero aún hay esperanza; contamos con la creciente conciencia social; con el compromiso de muchos profesionales de la enseñanza que se saben “clave” para cambiar el rumbo del planeta, que se preparan para enseñar en torno a la resolución de problemas relevantes; y, por supuesto, aunque debería ir en primer lugar, contamos con la pasión innata de niñas y niños por conocer y hacerse preguntas, a su entusiasmo espontáneo por el descubrimiento del mundo, a su rebelión infantil (porque quieren “hacer cosas”), y a su amor natural por todo lo vivo.

Serán ellos y ellas, nuestros niños y niñas, quienes juzgarán nuestra capacidad de afrontar el cambio climático. Serán los herederos de la Tierra que estamos dejando morir o luchando por conservar. Dejémosles hacer, pensar, construir, hablar, soñar y transformar, pero hagámoslo AHORA.

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