EQUOlumna de Beatriz Gimeno
Varios economistas altermundistas sostienen en sus últimos trabajos que cuando la triada maldita del neoliberalismo de los 80, Thatcher, Reagan y Juan Pablo II, se dispusieron a acometer cambios económicos radicales en el mundo para expandir lo más posible los beneficios empresariales a costa de debilitar los derechos económicos y sociales conseguidos y de desregular hasta el límite los mercados, lo hicieron impulsando también un cambio de valores que era imprescindible para que sus políticas fueran aceptadas por las clases trabajadoras. Para ello propiciaron un cambio cultural que fomentaba la aceptación de nuevos valores sociales, del individualismo, la fragmentación social y la banalización de las relaciones sociales, todo con el fin de provocar una profunda desmovilización política.
Se fomentó entonces, desde sus poderosos aparatos mediáticos, desde sus centros de poder intelectual, desde su capacidad para controlar en parte la socialización de los jóvenes, una ética de la avaricia personal que ha terminado por permear a todo el mundo y que, naturalmente, no ha servido más que para permitir que los avariciosos con causa, los ricos, los banqueros, los poderosos del mundo, puedan sortear leyes y principios de todo tipo en la búsqueda del beneficio. Pero en esa carrera del sálvese quien pueda la política se ha visto profundamente afectada. No es sólo la corrupción de uno u otro político, es la política como gestión de lo público lo que ha sufrido una profunda desvinculación de cualquier principio moral.
Frente a otros momentos en los que la izquierda social tenía una visión profundamente ética de la actividad política; en la que esta podía considerarse incluso consecuencia de la defensa de ciertos valores éticos, ahora todo esto se ha ido difuminando hasta contaminar de una manera espesa la realidad. Ahora se puede hacer una política de izquierdas inmoral sin que nadie proteste o lo vea contradictorio. No me refiero a la derecha porque para mí, los valores de derechas son en gran parte inmorales en sí mismos, pero hasta hace relativamente poco esto no le pasaba a la izquierda. Ahora, visto lo visto, no entiendo por qué algunos analistas se empeñan en darle tanta importancia a que la ciudadanía no castigue la corrupción. Queremos que se castigue la inmoralidad personal y no vemos la profunda inmoralidad de algunas actuaciones políticas. O peor aun, sí que las vemos pero ni nos sorprenden, ni las consideramos reprobables, y por eso no castigamos en las urnas a los políticos personalmente corruptos.
Llevamos años, décadas, asistiendo sin apenas protestas a un mundo en el que la política, la gran política, se ha ido desvinculando progresivamente de cualquier principio ético, que sí estaban presentes, por ejemplo, en las constituciones o en los documentos fundacionales de los organismos internaciones después de la II Guerra Mundial. Poco a poco, hemos visto como los políticos de cualquier signo hacen negocios y lo que es peor, hacen amigos entre los peores dictadores, torturadores, corruptos, tiranos, violadores terribles de los derechos humanos. Les vendemos armas para que aniquilen a sus pueblos, les damos facilidades para que tengan en Suiza el dinero que han robado, les ofrecemos lo que haga falta para que se vengan de vacaciones y les reforzamos políticamente cuando nos lo piden.
Con esto no quiero que se piense que estoy diciendo que todos los partidos son iguales o que todos los políticos lo son, y que por eso hay que desconfiar de la política y alejarse de ella. Lo que hay que hacer es lo contrario, recuperar una ciudadanía exigente con la política, exigir que la ética informe las actuaciones de todos los partidos y de todas las políticas o, al menos, exigir que las políticas que se hagan tengan relación con los principios que se supone que defienden los partidos. Lo que pido es que los votantes exijan a sus partidos –y si no les castiguen- hacer una política en la que la ética esté siempre presente, lo que no quiere decir que no se puedan hacer concesiones al realismo o a la necesidad. Pero tiene que haber un límite más allá del cual el realismo político acaba con la política… entre tener que comprar o vender según qué productos a determinados países y aparecer sonriente dando la mano a un dictador que las tiene manchadas de sangre hay un mundo. Un mundo en el que lo que está en juego son los valores democráticos. Y si entendemos que a nuestros políticos les importa cualquier interés económico antes que los valores democráticos entonces no tiene nada de sorprendente que un Presidente de Comunidad se venda por cuatro trajes (aunque, por cierto, no fue por cuatro trajes, sino por mucho más dinero) y que a la gente eso le de igual.