Ha pasado poco más de dos meses desde las elecciones generales, y cada vez es más palpable la necesidad de EQUO. Este partido, que nació sólo unos meses antes de la convocatoria electoral – el 4 de junio de 2011 – consiguió en un tiempo récord la confianza de 215.000 personas (hasta 350.000 si incluímos la alianza Compromís-EQUO en Valencia). ¿Por qué en un espacio de tiempo tan corto se ha conseguido el respaldo de tanta gente? Porque en España se echa de menos una fuerza política ecologista y social que ocupe el espacio verde que en toda Europa está emergiendo con fuerza.
EQUO nació de la mano de personas activas en los movimientos sociales, desde la convicción de que las cuestiones que más preocupan a sectores amplios de la sociedad no están siendo abordados adecuadamente por los partidos políticos existentes. Todo lo relativo a la crisis ecológica es materia secundaria en la discusión política, y todavía más en la situación de crisis en que nos desenvolvemos.
Nuestra situación política es consecuencia de una ley electoral injusta, que perpetúa el poder de los dos grandes partidos. Por ello la regeneración democrática – tal y como han demandado millones de personas en las calles y plazas de España – es también prioritaria para nosotros.
En un escenario de grave crisis económica y social, EQUO está poniendo sobre la mesa propuestas concretas de regeneración del empleo y del tejido empresarial basadas en la economía sostenible. No nos limitamos a denunciar los recortes sociales que estamos sufriendo, sino que ofrecemos alternativas solventes. No aceptamos la presión brutal de los llamados mercados, que nos quiere obligar a tragar con más y más drásticas medidas antisociales, y por ello reclamamos la recuperación de la política frente a los mercados.
EQUO es una fuerza política necesaria. Hace falta una voz diferente y fresca en las instituciones que, desde los planteamientos de la ecología política, impulse nuevas propuestas que realmente nos permitan superar las crisis social, económica y ecológica en las que estamos inmersos.
Juan López de Uralde