El Ubú Rey del presente se llama Sr. Director de Marketing

A pesar de lo que está cayendo uno no tiene muy claro que a la gente le interese leer sobre un tema tan extenso, complejo y difícil como es las consecuencias del consumismo salvaje, sin control e irreflexivo. Para empezar, resulta prácticamente imposible en un artículo de opinión elaborar un discurso comprensible, coherente y demostrable que aborde el problema. Tal vez un libro, un ensayo, unas jornadas, pero la dinámica social en la que últimamente estamos inmersos (fomentada, entre otros, por el nulo interés de los gobiernos en la formación de la población), me lleva a desistir de mi idea y como reconozco mi incapacidad para concentrar mi punto de vista en un tuit o para grabar un video viral y colgarlo en youtube, me limitaré a plantear algunas preguntas.

En primer lugar ¿Es una teoría conspiranoide esa que plantea que los grupos de poder económicos han orquestado una estrategia global para que todo el planeta se convierta en un gran mercado donde lo que, curiosa y cruelmente, menos importe sean las personas y que se sustente no en lo que son sino en lo que consumen?

En segundo lugar, ¿Este consumo desaforado (incluso por parte de ciudadanos con escasos recursos) puede acabar teniendo consecuencias a nivel global?

La maquiavélica conformación del sistema de consumo apenas nos permite como ciudadanos individuales mantener una postura mínimamente ética a la hora de adquirir productos o bienes. Veamos algunos ejemplos por sectores.

La agricultura intensiva merma la calidad de la tierra y ha puesto el control de los alimentos en las manos de unos pocos a nivel mundial; el uso indiscriminado de los transgénicos deteriora el medio ambiente, destruye la agricultura sostenible y agrava el hambre en el mundo; los ciclos largos de comercialización acaban perjudicando al productor quien, cada vez más, está siendo asfixiado por los grandes grupos y lobbies de la alimentación cuyo único interés es ganar dinero; el coste energético y medioambiental del transporte perjudica a nuestra salud y a nuestra economía (¿De dónde creen que viene, entre otras, el déficit tarifario y la consiguiente desmedida factura de la luz?), las condiciones laborales de los trabajadores de los países exportadores son inaceptables cuando no delictivas, etc.

Otro ejemplo podría ser la adquisición de ropa. Podríamos hacer el mismo recorrido que con la agricultura pero creo que sobrará con el desolador recuerdo de la tragedia de Bangladesh para tomar perspectiva respecto a lo que estamos hablando.

He dejado para el final el surrealista mundo de las nuevas tecnologías. En este caso nos encontramos con el peor ejemplo de en lo que nos hemos convertido (y conste que no me refiero a la parte constructiva de estos productos como resultado, en positivo, de lo fascinante que puede llegar a ser la especie humana). Por supuesto que aquí podríamos trazar el mismo o peor panorama que en los anteriores ejemplos pero, en este caso, el aturdimiento colectivo en el que hemos caído resulta demoledoramente frustrante.

Se nos ha inoculado la necesidad de que para no perder el tren del progreso, la prosperidad, la eficacia en el trabajo y la aceptación en las relaciones sociales necesitamos internet, teléfonos inteligentes, GPS, tablets, televisores LED y demás gadgets. Aquí hablar del coste energético, ecológico y humano puede resultar casi pecado ¿Nos interesa realmente conocer las consecuencias de “este progreso? ¿Queremos asomarnos al abismo de las minas de coltán y conocer el sufrimiento de quienes extraen el mineral necesario para que podamos mandar un whatsapp? ¿Queremos ser conscientes del verdadero y espeluznante “Gran Hermano” en que los grandes grupos económicos han convertido a internet y a la telefonía móvil? ¿Quién quiere enfrentarse a lo ridículo que resulta comprarse un teléfono nuevo o un televisor porque el anterior “se ha quedado anticuado” aunque funcione perfectamente? Y por último ¿Nos hemos parado a pensar cuánto ha repercutido en nuestras cada vez más esqueléticas nóminas mensuales (quien las tenga, claro) ese gasto en NN TT que antes no necesitábamos?

En fin, en un sistema que se sostiene sólo con el crecimiento desmesurado, que necesita, a su vez, del consumo constante y masivo de la ciudadanía, que no quiere reconocer el carácter finito de los recursos del planeta, que se nutre de un importante núcleo de ciudadanos sin conciencia crítica y capacidad para poner cerco a esta avalancha de desigualdad y ausencia de democracia…¿De verdad piensan ustedes que saldremos indemnes de todo esto? Si me permiten una modesta y humilde respuesta a todas las preguntas que me he planteado ahí se la dejo:

El consumo crítico y la conciencia solidaria son dos de las únicas armas que los habitantes de este planeta deberíamos empuñar para hacerles ver a quienes se están enriqueciéndose a nuestra costa que no estamos dispuestos a seguir participando en este teatro burgués donde sólo desempeñamos papeles secundarios y anecdóticos.

Diego Rodríguez, coportavoz provincial de EQUO Córdoba

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