Una de las plagas específicas del bipartidismo imperial que gobierna este país es la reiterada sucesión en el poder político, cuando uno de los partidos lo hace mal el otro suele aventajar en hacerlo peor, como ocurrió con el último gobierno del PSOE y está sucediendo ahora con el PP en el Gobierno: De mal en peor, se dice en mi pueblo.
Gobiernos así, que imponen políticas en contra de los intereses vitales de la ciudadanía a base de decretos ley, no pueden representar nunca a la clase trabajadora, a las clases medias, es decir, no pueden farolear en nombre de las mujeres y hombres de España porque son, por el contrario, representantes de una élite poderosa que retroalimenta el totalitarismo ideológico fomentado por la concepción política bipartidista.
Esta forma de gestión social tan fundamentalista y extrema impone mitos al imaginario social, una representación simbólica basada en elementos que se pretenden inamovibles y “sagrados”. La bandera de España ha sido uno de estos símbolos, utilizado hasta el empacho por los partidos salvapatrias.
Pero por fortuna llegó la Roja, la selección española de fútbol, actividad que, aunque sigue haciendo la función de ser el cohetero opio del pueblo, afortunadamente desbancando a la estulticia de la religión, también ha revolucionado la concepción general que se tiene de la bandera de España.
Desde que la Roja se está convirtiendo en imbatible tenemos la fortuna de presenciar un cambio acelerado en la hasta ahora partidista, maniquea y mal vista, muchas veces, bandera española. Por fin es un símbolo que se ha democratizado. Ya no representa a la mohosa herencia de la última dictadura: El pueblo la ha rescatado de la mentalidad salvapatria y la ha hecho suya, de todos y todas, colocándole en el centro un jamón, un toro, marcas de conocidas bebidas alcohólicas, un balón, e incluso nada, pero siempre en representación de los verdaderos intereses del pueblo, visiblemente mostrada en bares, ventanas, barandillas, cortijos, ciudades y pueblos.
Este nuevo protagonismo del pueblo vigoroso apropiándose de lo que es suyo, de sus propios símbolos, puede tener una continuación lógica acorde con el actual momento político que vive España, donde la masa trabajadora está siendo sometida a una presión caciquil por el PP, un partido que ganó las últimas elecciones generales con sólo el 30% de los votos que se emitieron y soportando una elevada abstención también del 30%, por lo tanto elegido para gobernar por una espantosa minoría amplificada por la más que terrorífica ley electoral aceleradamente pro-bipartidista.
El nuevo paso que puede dar el pueblo va a ser todavía más multicolor, pues mostrará aún más la bandera española en su aclamada versión morao, como queriendo decir que el pueblo es quien tiene que gobernar al pueblo, y la decorará con otros logos mucho menos fuera de lugar que los actuales y más ajustados a las necesidades básicas de las personas: Sanidad pública. Educación pública. No al desahucio. Igualdad de género. Que la crisis la paguen quienes especulan. Estado laico. Libertad sexual. No al crecimiento especulativo. No al pago de la deuda externa irresponsable. No a las nucleares. Sí al futuro de nuestros hijos y de nuestras hijas. Sí a la cooperación y al desarrollo humano. Sí a una justicia social universal. Sí al derecho de vivir en un entorno natural limpio y sostenido. Sí a las energías renovables.
Entonces, en ese momento que las personas demos el paso para asumir nuestra propia responsabilidad en las actuales circunstancias sociales y hagamos por cambiarlas, nuestros cortijos, nuestros pueblos y nuestras ciudades estarán más chulas que nunca: Llenas de colores y lejos de esta política imperativa que nos aboca al siempre maldito bipartidismo y a la esclavitud moderna de sentirnos alegres y conformes con las pocas sobras del omnívoro sistema económico capitalista.
Una idea sobre “La bandera del pueblo (por Pepe Criado)”
Vamos a acudir al socorrido tópico: se puede decir más alto, pero no más claro. Uno de los problemas de esta democracia nuestra es la intolerable suficiencia de los dos partidos alternantes y la escandalosa ventaja que atesoran con » su» sistema electoral. Hace tiempo que algunos hemos descartado por completo la «necesidad» de votar a estos dos partidos. Ojalá se vaya conformando una manera de sanear esta tendencia bipartidista que tan ahogada tiene a nuestra maltrecha democracia.
Ánimo, José Gabriel, sigue transmitiendo otros valores, esos que ya no cuentan para muchos engañados y pagados de sí mismos…